ICH BIN EIN BERLINER

Nuestra historia empezó mal, Ber. Siempre te vi en la distancia arrastrando esa sombra taciturna y gris que te imprimía carácter y determinación pero que te dibujaba como un compañero de viaje aburrido y difícil. Nunca llegué a empatizar con tu incapacidad para sonreír y con esa necesidad congénita de dibujar la vida en cuadrículas. Dime que te juzgué por tu historia, dime que presupuse que seguías destilando dolor por las llagas de tus muros, dime que no confié en tu capacidad para seguir adelante. Dime lo que quieras, tendrás razón.

Pensaba en ti y me asustaba tu frialdad. Creí que me recibirías como un témpano de hielo y que respirarte sería doloroso. Sabía que no me lo ibas a poner fácil pero no es tan fiero el oso como lo pintan, ¿no? O quizá los gatos tenemos un pelaje más grueso de lo que parece. Sea como sea, disfruté de tu aliento gélido sobre mis mejillas, de tus lágrimas heladas a cualquier hora y de esa sensación de peligro y enfermedad que me acechaba en cada esquina recordándome que la frontera entre la vida y la muerte junto a ti, no depende de un paraguas, depende de un pompón.

Y amaneciste radiante, solo para que te viera sonreír, solo para que viera que podías hacer brillar mis ojos con una mezcla muy tuya de sorpresa y de expectación. Te mostraste vivo, ordenadamente caótico, eficaz y desconsiderado, sabroso, sediento, libre… y derribaste el muro de prejuicios que traía en mi maleta invitándome a vivirte, a recorrerte y a intentar descifrarte. Adoré tus alas casi desde el primer minuto. Me desplacé sobre ellas de oriente a occidente con Alex como centro del universo, incluso me atreví a volar sobre el Spree y ya sabes lo poco que a los gatos nos gusta el agua…

Y cuando la oscuridad se cernió absoluta sobre ti, descubrí que la noche te volvía muy excesivo y que te gustan más las luces que ese engendro llamado Curry Wurst al que idolatras. Una forma como cualquier otra de borrar un pasado que aún araña. Dirás que la culpa es de la Navidad, yo creo que son tus ganas de gritar al mundo que dejaste atrás todo el horror y que eres una ciudad nueva, eternamente en construcción, decididamente renovada.

Me despedí de ti habiendo recorrido tus entrañas y tus tejados, tus deseos transparentes y tus deudas de sangre. Y lo hice con la sensación de que eres una mezcla poco común de ingenuidad, determinación, modernidad y pasado. Poco racional para hacer honor a tu familia y excesivamente libre para su sonrojo. Me despedí de ti pero entonando un hasta luego con sonido a estornudo. Si me prometes nieve, te prometo volver…

 

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