EL ESNOBISMO DEL LÉXICO

El “he visto cosas que vosotros no creeríais…” es una de mis formas favoritas de empezar a despotricar de la vida, pero siento que las nuevas generaciones lo mastican sin piedad, así que lo cambiaré por un “como lágrimas en la lluvia se irá” por el desagüe todo lo que vengo hoy a decir, que es más fin que principio, pero fingir originalidad, cuesta.

Arrastro desde que nací cierta incapacidad para comprender la moda. No hablo de sentido abstracto, hablo de la moda de corte y confección, esa que pasa como una exhalación delante tuyo y que se despide con un “hasta luego” inquietante que es capaz de sobrealimentar tus armarios hasta el límite de la implosión a puerta cerrada.

Procuro mirarla con la sonrisa absurda de siempre que esconde un deseo de huída hacia una vida básica plagada de ídems. Más allá de un ejercicio de creatividad, aplaudible en cualquier circunstancia, siento que está rodeada de una serie de incógnitas que jamás llegaré a resolver, no por falta de interés, que no tengo ninguno, sino porque creo que a la moda le gusta mirar por encima del hombro y que la incomprensión la eleva al penthouse de lo cool.

¿Vengo a hablar de moda? Nunca lo pretendería. Vengo a hablar de cosmética.

Hace unos días una chica me asaltó en una foto y me preguntó afirmando que el producto que mostraba no era “natural”, “ecológico” ni “vegano”. He de reconocer que tuve una reacción propia de mi Dosha pitta (dícese de la facilidad para encabronarse en cero coma) y, en un principio, sentí que pretendía cuestionar mi pulcritud a la hora de elegir cosmética (cuidadín…), pero reflexioné y llegué a la conclusión de que solo había oído el repiquetear de cientos de campanas y que no tenía ni idea de si tocaban a fiesta o a difunto.

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Y es que la cosmética, que comparte células madre con la moda, tiende a compartir también vicios y ese tufillo esnob que retira el asfalto de la suela de los zapatos para que parezca que lo suyo es flotar y no caminar. Eso, o que la confusión que genera en el pobre usuario el lío terminológico, favorece la teledirección hacia uno u otro lado. Que un producto sea vegano, solo indica que no contiene ingredientes de origen animal y eso puede encajar o no con tu filosofía, pero no lo hace mejor o peor. No tiene nada que ver con que un producto no esté testado en animales, es decir, crueltyfree.

Un tema más peculiar es el sello “ecológico”, “orgánico” o “biológico”, que viene a ser lo mismo. Si hablamos de un ingrediente, indicará que se ha obtenido sin utilizar abonos químicos y pesticidas y si nos referimos a un cosmético, que tanto su composición, como su forma de elaboración, incluso su envasado, debe responder a unos criterios que aseguran la procedencia natural y ecológica de sus materias primas, su fabricación respetuosa con el medio ambiente y socialmente responsable y su envasado reciclable.

Las certificaciones están emitidas por órganos privados que comprueban que un determinado producto reúne las características que cada uno exige para certificar. Un sello de ecológico es igual a marchamo de calidad, aceptamos barco, pero el que una firma de cosmética natural no los tenga, no indica necesariamente que sus productos no lo sean, solo que no han pagado el sello.

Cosmética natural”, nudo gordiano. Aún, no existe regulación, más allá de lo privado, de qué criterios tiene cumplir un producto para ser considerado natural, circunstancia que suele ser aprovechada por amantes de la para-fina para ponerla ídem. ¿Qué nos queda? Ser adultos y aprender a no deglutir: alto porcentaje de ingredientes naturales, sintéticos seguros y libre de tóxicos. El tridente mágico. A partir de ahí, empezamos a hablar.

 

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